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| El mundo espiritual constituye la fuente de esas cualidades humanas que engendran la unidad y la armonía, que aportan comprensión y agudeza, y que hacen posible empresas de colaboración. Entre tales cualidades se encuentra el amor, el valor, la visión, el sacrificio y la humildad. Estas cualidades, en esencia espirituales, forman el cimiento invisible pero esencial de la sociedad humana. Al considerar los vínculos que unen las cualidades espirituales y el desarrollo social, vale la pena recordar el modo como los grandes maestros religiosos han guiado a la humanidad en el pasado. El código moral de los Diez Mandamientos y la Regla Dorada (querer para otros lo que uno desea para si) -ambos presentes en las enseñanzas de casi todas las tradiciones religiosas- son una muestra representativa y hacen las veces tanto de directrices morales como de llamamiento a la superación espiritual. En todas partes su influjo ha calado en la conciencia humana y ha reestructurado las culturas. Incluso para el no creyente el valor de enseñanzas semejantes resulta evidente. En el pasado, las enseñanzas espirituales se concentraban primordialmente en los actos de la persona, o bien en establecer armonía en grupos relativamente pequeños. Hoy en día, nuestra forma de ver la espiritualidad debe abarcar no sólo la vida personal y grupal, sino también el progreso colectivo de la humanidad en su conjunto. De hecho, precisamente porque la humanidad ha entrado en su etapa de madurez es por lo que las profecías de antaño relativas a una era de paz y justicia empiezan ahora a hacerse realidad. El mensaje esencial de Bahá'u'lláh es la llamada a la unidad; su audiencia, el mundo entero: «Que vuestra visión sea mundial, antes que confinada a vuestras propias personas». Pasado un siglo desde Su muerte, este llamamiento ha comenzado a cobrar forma en una comunidad que es en sí misma un microcosmos del género humano y que está establecida en casi todos los rincones del globo. El surgimiento de la comunidad bahá'í ofrece una prueba convincente de que la humanidad, con toda su diversidad, puede aprender a vivir y trabajar como un solo pueblo en una sola patria. Asimismo, aporta un poderoso argumento a favor de un examen serio y desapasionado de las pretensiones de la Figura extraordinaria cuyo espíritu las creó y sostiene. |
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